"La camelia sobre el musgo del templo, el violeta de los montes de Kyoto, una taza de porcelana azul, esta eclosión de la belleza en el corazón mismo de las pasiones efímeras, ¿no es acaso a lo que todos aspiramos? ¿Y lo que nosotros, civilizaciones occidentales, no sabemos alcanzar?
La contemplación de la eternidad en el movimiento mismo de la vida."
La elegancia del erizo - Muriel Barbery.
Y es que no podemos ver belleza a no ser que estemos en un museo, un cine o cualquier sitio donde le corresponde mostrar arte. Hace tiempo encontré por Internet una noticia curiosa (y decepcionante):
Un violinista había tocado durante una hora en el metro. Se pararon seis personas y no estuvieron más de un minuto escuchando. Los niños se paraban pero las madres tiraban de sus brazos para que avanzaran.
En esa hora consiguió 32 dólares.
El violinista en cuestión, era de los mejores del mundo. Su violín costaba 3 millones y medio de dólares. Tocó una de las piezas más difíciles para violín; pieza que tocó días antes en un teatro, ganando miles de dólares por las entradas vendidas.
No sabemos ver el arte si nos lo sacan de su lugar. No sabemos ver el arte, propiamente dicho. Parece que la gente se emociona al escuchar algo porque debe emocionarse, porque está ahí, porque es lo normal. Pero cuando algo sale, por mucho Arte con mayúsculas que pueda ser, por muchas emociones que pueda despertar, nadie se da cuenta. No debe estar ahí, y si no está, es que no es.
Conclusión: no sabemos de arte. Punto. No sabemos de belleza. No sabemos de nada.